CAPÍTULO 1: EL JUEGO

—Ahora es cuando despierta… Esta va a ser la mejor serie jamás creada. 

Esas voces. Escucho esas voces y me despierto. El agotamiento no es una razón de peso, sino más bien la curiosidad. Las voces se han apiadado de mí en esta ocasión, pero reconozco que no es la primera vez que esto ocurre, y no será la última.  

Siempre esta resaca. Las pálidas lunas de Júpiter zozobran sin descanso ante la atenta mirada de los convivientes en el Núcleo Central. No recuerdo nada, como todos los días. ¿Cuán curiosa sería mi existencia si en un lapso de menos de cinco hecto minutos pudiera acordarme de todo lo que hice anoche, o la otra noche, o la anterior a esa?

No creáis, ingenuos lectores, que los síntomas de mi agotamiento mental tienen como origen una absurda e insulsa melopea. No. Diminutas son las posibilidades de que yo, Ernest Ambrose, dedique el poco tiempo que tengo a ingerir bebidas cólicas que ni siquiera poseen el designio de “Permitidas” por la Canciller o por El Padre. 

¡Oh, nuestro querido Padre de la Nación! Respiro por él, gracias a él y, en consecuencia, agradeciendo fútilmente mi existencia a una presencia que nunca jamás sabrá cuánto lo llegué a amar. Por mi HectoReloj, ya hace más de doce años que nos pusimos en manos del destino y este, sacudiendo nuestros horizontes, plantea diariamente una nueva aventura para que los mundanos espectros de carne gastemos el preciado tiempo que nos queda resolviendo los crímenes más impredecibles de la historia. 

«¡Claro…! Ese era el misterio », pensé. « Los crímenes de la historia ».

 Mi barracón parece más pequeño esta mañana. Categorizo al momento de despertarme como “mañana”, al igual que todos mis ancestros antes de mí. La puerta abierta me permite observar el Núcleo Central. Tras el primer escalón, mediante el cual se accede a cada uno de los aposentos, se localiza un gran salón de operaciones. Un enorme ventanal nos ofrece una clara visión de todo aquello que ocurre en el exterior, territorio, sin duda, prohibido para nosotros. No son muchas las ocasiones en las que despierto en el Núcleo Central, pues casi siempre albergo la esperanza de que El Padre me haya trasportado al Salvaje Oeste Americano, o quizás a la época en la que se construyó la Torre Eiffel. Pero, camaradas lectores, no podría decir ni cuántas veces ha ocurrido eso, ni cuántas volverá a pasar pues, como he apuntado al comenzar mi monólogo, mis recuerdos se encuentran capados por una fuerza superior. 

Camino fuera del quicio de la puerta y ello me permite gobernar sobre la altura de las personas que conformamos el preciado equipo designado por El Padre. El escalón me da poder, aunque esa fantasmagórica sensación apenas me permite disfrutar durante unos segundos. Cuatro de los integrantes se han despertado de su sueño profundo y observan mis movimientos al detalle. 

—Aisles Bologna, hermano —dice el más joven. 

Sus rasgos me permiten reconocerlo, aunque debo investigar en mis recuerdos, ya que, aunque encuentro vestigios de mi pasado con él, cada mañana mi cerebro vuelve a resetearse y pierdo su control. 

—Apes Galilei, Iban —respondo consiguiendo saber de quién se trata. 

Es, sin duda alguna, el más joven del grupo. Aunque aún no he visto con mis propios ojos, y con el hipotético amanecer que hoy nos acompaña, a los dos últimos trasnochadores que no han despertado. 

— ¿Recuerdas algo de ayer? —pregunta Alice. La mujer que mantiene posada la palma de la mano contra el cristal posee un adusto gesto que sostiene su temperamento y, seguramente, el de todos en el grupo. 

—Recuerdo que todo terminó bien —mentí. 

—Pues yo no recuerdo ni siquiera cómo llegamos al Núcleo —intervino ahora Brandon, uno de los más curtidos por el paso del tiempo. Nuestra Meta Humanidad nos ayuda a conservar el ADN intacto hasta que arriba el instante de nuestra senectud. Infiriendo todo esto, Brandon había alcanzado su poder Meta Humano a una ya avanzada edad de cuarenta años. Al menos eso es lo que a mí me parecía. 

—Es extraño que hayamos despertado en el Núcleo Central —dijo Alice—. Eso significa que nuestra siguiente misión es más complicada de lo que en principio puede parecer. 

— ¿Por qué? —pregunté confuso. 

—Los taquiones, Ernest —contestó Vicra, la otra mujer que aún no me había dirigido una sola mirada. Tan siniestra y tan bella como siempre lo había parecido. 

Para el sorprendido lector, debo detener aquí la narración de esta historia para puntualizar ciertos detalles. Cuento con la consciente seguridad de que cualquiera de ustedes se preguntará sobre cómo y por qué sé tanto de todas estas personas que me acompañan en el salón oficial del Núcleo Central. ¿Por qué, si mis recuerdos se encuentran bloqueados, reconozco sus caras y sus historias, aunque aún no puedo ubicarlos en tramas concretas ni en otros momentos de mi humilde existencia? Es muy sencillo de comprender. 

En millones de ocasiones, o quizás en miles, con miedo de parecer exagerado, el ser humano posee los sueños más surrealistas e imposibles de cumplir. Una vez se ha levantado, debido a lo irreal en todas esas ficciones, nuestro cerebro lo elimina del espectro real. Por esa razón, casi nunca nos acordamos de lo que hemos soñado. Cuando esto sucede, nos despertamos aturdidos, pensativos y confusos por todo lo ocurrido. Al no recordar nada, olvidamos todo lo referente a ello y seguimos con nuestras vidas. Pero, a lo largo del día, cualquier pequeño detalle relacionado con nuestro sueño sale a la luz. Nos acerca a lo que hemos soñado. Mi mente olvida todo lo que tenga relación con estas personas hasta que vuelvo a ver sus rostros. Ignoro la realidad durante unos minutos para golpearme de bruces con ella y recordar así pequeñas píldoras de un pasado que no tengo constancia de que haya existido. Sus caras me abren el camino al día anterior, pero nada más me permite indagar sobre ese sueño, que en varias ocasiones, fue real. 

A este compendio de coincidencias oníricas se le denomina “Factum si Somnium”.  A lo que nosotros, en un alarde de valentía lingüística, hemos bautizado como el SueñOlvido. 

Vicra, con la más formal de las actitudes y una capacidad sobrehumana de atraer la atención de todo el mundo, me estaba explicando el funcionamiento de los taquiones y la verdadera razón  por la que nos encontrábamos hoy en el Núcleo Central. 

—Fuimos reclutados por nuestra condición de Meta Humanos. Nuestras capacidades corporales superan a las de cualquiera de los hombres o mujeres de la Tierra. Los taquiones son partículas atómicamente microscópicas que viven a nuestro alrededor y controlan el transcurso del tiempo. Todo lo que envejece, todo lo que se mueve, todo lo que respira, lo hace gracias a la intervención de los taquiones —su pelo se movía al compás de su discurso. La mitad de su cabeza había sido rasurada a conciencia y la abundante melena que adornaba su rostro hipnotizaba a cualquiera que pretendiese mantener una charla con ella—. El Padre de la Nación descubrió, gracias al trabajo del doctor Zimbardo, el funcionamiento de los taquiones sometidos a una presión espacial concreta. Estos, utilizados con sabiduría, nos permitirían viajar en el tiempo a un lugar y a una época concreta.

— ¿Otra vez con la historia de los taquiones? —preguntó un hombre que apareció en escena. Lo reconocí inmediatamente. Vastos. Su faz demostraba en primera persona los desajustes temporales que había sufrido el equipo en durante las últimas misiones. Sus duros rasgos y sus cicatrices daban a entender la dificultad de este trabajo—. No recuerdo mucho de cuando me levanto, pero una de esas cosas es que siempre preguntas por los dichosos taquiones. 

—Calla, Vastos —ordenó Alice, que parecía haberse erguido como la supervisora de los Meta Humanos—. Sigue. 

—Los taquiones —prosiguió Vicra—. Después de mucho investigar y de enviar a personas al pasado y al futuro comprobaron que el paso del tiempo afectaba bastante a los peregrinos. Muchos perdieron la vida. Pero entonces, aparecimos nosotros. Los Vaga Mundos. Los taquiones nos afectaban de diferente manera. El tiempo corría por nuestras venas sin que nada pudiera hacer que envejeciéramos. El Padre descubrió nuestro potencial y nos reclutó para viajar al pasado —Vicra se detuvo para ver cómo salía de su barracón la última integrante del equipo, Mara Andrews—. Nosotros somos los Caminantes del Tiempo. El grupo se unió gracias a nuestras similitudes. Ninguno de nosotros siete envejece y eso nos permite poder viajar al pasado sin que ello nos produzca un daño irreparable. 

—Pero jamás podremos viajar al futuro —intervine cordialmente, una vez todos estuvimos colocados en círculos, manteniendo la atención sobre Vicra. 

—No, el futuro está prohibido. Nunca hemos despertado en el futuro, a menos por lo que recuerdo —puntualizó. 

— ¿En qué año estamos? —pregunté de nuevo, pareciendo ser el único Meta Humano que desconocía las reglas temporales sobre aquellos aspectos puramente científicos. 

—Nadie lo sabe, Ernest —me respondió, siempre alerta, Alice. Compartiendo una mirada de complicidad con el resto de sus compañeros—. Nos despertamos en el Núcleo Central, o en cualquier época de la historia a la que hayamos viajado durante el híper sueño y, una vez nos despertamos, ninguno de nosotros recuerda nada del día anterior. No tenemos constancia de cuántas misiones hemos realizado ni del momento en el que vivimos. No envejecemos, no recordamos, no somos nadie. Vagamos por el tiempo y el espacio con la única intención de recuperar información necesaria para El Padre sobre los asesinatos más famosos de la inmensa línea temporal en la que nos encontramos. 

«¡Malición! », digo para mí. «Los asesinatos».

Es entonces cuando recuerdo el SueñOlvido. Una sola palabra basta para hacerme hurgar en mi memoria. Somos meros trabajadores temporales. Hemos resuelto los asesinatos más complejos de la historia. Pero ahora mismo no consigo centrarme en ninguno de ellos. Aunque en mi cabeza, las voces vuelven a sonar, aún con más ferocidad que en el pasado. Algo quiero recordar. En ese preciso instante, el semblante serio de Vicra vuelve a concentrar su fuerza en su potente tono de voz. 

—Si nos hemos despertado en el Núcleo, significa que los taquiones han precisado de más energía para recoger todos los datos. La época a la que nos dirigiremos a continuación será importante. El desarrollo tecnológico de sus habitantes y el crimen en cuestión que debemos resolver significa más para la Historia de lo que creemos realmente. El Padre nos ha encomendado esta misión y tenemos que concluirla con éxito —todos me miran. No esperan una respuesta, solo juzgan mis gestos. Desconocen que sé la verdad—. Nosotros, los Caminantes del Tiempo, los VagaMundos. Nosotros siete descubriremos al asesino de la siguiente misión. 

Infinitas ocasiones ha ocurrido esta situación, aunque con un sencillo y a la par fundamental matiz. Nunca fuimos siete. En mi cerebro surgen los nuevos pensamientos, los recuerdos de un sueño ligado al deseo por despertar y a la coalición de semejantes con un último fin criminal. No entiendo su posición. Comprendo sus intenciones pero sigo sin encontrar los argumentos necesarios para saber por qué pueden acordarse de ciertos parámetros, pero ninguno de mis seis compañeros recuerda que en la anterior misión… Éramos ocho. 

La alarma suena. 

No había escuchado ese sonido desde mi infancia, o puede que fuera ayer. No lo consigo ubicar en mi memoria. Simboliza algo complejo, aunque sencillo de solucionar. Espero a que los demás me guíen, pues desconozco cuál es el siguiente paso. 

—Ya hemos llegado —analizó Vastos—. Los taquiones que tanto te gustan se han estabilizado.

—Dejaos de estupideces y acudamos a la sala de control. Allí podremos conocer el siguiente destino. La misión de hoy será importante y el asesinato, supongo que podrá acarrearnos alguna dificultad que otra. 

Los seis se encaminaron hacia uno de los pasillos que comunicaban el salón con las otras estancias del Núcleo Central. 

— ¿No vienes, Ernest? —me preguntó Iban. 

Las voces habían vuelto. Estaban ahí. Seguían persiguiéndome. 

—No —dije sin parecer demasiado aturdido—. Necesito un momento para relajarme. 

Mi eterno compañero se desvaneció ante mis ojos, siguiendo la estela de los otros cinco. Una vez solo, pude escuchar lo que las voces de antaño me comunicaban. Algo maligno se había introducido dentro de mí. Podía sentirlo. Pero, era… Una… Una canción. 

Sentía las sienes a punto de explotar. Un ligero entumecimiento escaló desde mi barbilla hasta la frente, donde se alojó como enfermedad inextirpable. Luego comenzó la música y la letra que, a día de hoy, sigo sin poder olvidar…

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La rabia me hizo exclamar. Exhalé el último de mis alientos al gritar y eso me hizo encontrarme parcialmente mejor. Poco a poco, y a medida que el tiempo pasaba, conseguí eliminar ese tormento de mi cabeza. No encontré trama alguna en esas extrañas interpretaciones. No como en ocasiones parecidas, aunque sabía que volverían a aparecer. 

Después de unos minutos, escuché la voz de Alice, reclamando mi presencia en la sala de control. Por supuesto, sin mí, no podríamos viajar al próximo destino. 

Todos me estaban esperando cuando llegué allí. Se habían ataviado con sus preciosos Trajes Judiciales, aunque no podían ocultar el hecho de que a ninguno le gustaba la vestimenta reglamentaria. Una “T” y una “V” adornaban el pecho de cada uno de estos individuos, que me miraban aun cuando creían que mi vista enfocaba hacia otros lugares. Notaba sus pesados juicios de valor en mis espaldas y eso me hacía caminar más despacio hasta el centro de la sala. 

—Londres —dijo rápidamente Brandon—. 1888. Ese es nuestro destino. 

—Esa fecha… —conseguí decir. 

—Exacto, cerebrito —dijo Vastos—. Vamos a intentar cazar a Jack El Destripador. 

La noticia me pilló desprevenido. No recordaba que este trabajo fuera tan intrigante y entretenido, pero me armé de valor y me puse rápido el Traje Judicial y me dispuse a acompañar a los presentes a la lanzadera de precipitación. Yo fui el primero en colocarme en línea recta y todos ellos me seguían. Una vez pasáramos el umbral del pasillo por el que tantas veces había vagado, despertaríamos en el turbulento Londres de 1888. 

Todos caminaban a mi vera, y yo, presidiendo el paseo hacia nuestra siguiente misión, sentía, desesperanzado, que aquel iba a ser el final de mi corta vida. Tanto las voces, como la hipotética existencia de un miembro más de los Caminantes del Tiempo, me permitían sostener diferentes teorías sobre las intenciones de mis compañeros. Aunque muchas de ellas tenían cierta lógica, fue solo una la que contemplé como probable. 

Me bastó una simple mirada al cristal exterior para ver cómo, detrás de mí, caminaban los cinco, siguiendo mi paso, mirándose unos a otros, compartiendo susurros y secretos a medias que siempre concluían con una agresiva mirada hacia mi nuca. Todos ellos, sin ninguna excepción, habían planeado asesinarme durante el transcurso de la siguiente misión. 

No me importan las razones, no me importa cómo pretendan conseguirlo. Me trae sin cuidado que se crean más hábiles que yo, puesto que el último de los recuerdos que puedo compartir con el atento lector es que yo maté al octavo pasajero y que, antes de perder mi vida, voy a asesinar a todos y a cada uno de ellos. 

Fin de la primera transmisión.